domingo, 12 de noviembre de 2017

La Garganta del Tobar (Sierra Oeste de Madrid).

Todo el mundo montañero de Madrid conoce bien la Sierra Norte (Somosierra, Ayllón, Sierra del Rincón) y, por supuesto, la Sierra de Guadarrama, pero la Sierra Oeste, que se corresponde con el sector del Sistema Central que une la Sierra de Guadarrama con Gredos, pasa completamente desapercibida. 
Pero eso es precisamente lo que más nos atrae de estas montañas, la sensación de vacío y aislamiento que ofrecen. 
La Garganta del Tobar es uno de esos parajes en los que el ser humano se siente solitario, aislado, en plena armonía con la Naturaleza. Grandes canchales cubren por completo ambas laderas, otorgando al valle un aspecto todavía más salvaje.
Nos acompaña Nacho, fiel seguidor de nuestras aventuras, que se ha inscrito a esta ruta para hacerle un hueco en su conciencia a esta maravillosa zona serrana de Madrid.
El arroyo del Tobar es tributario del río Aceña, principal afluente del Cofio. Discurre a lo largo de una garganta solitaria y agreste, a la que acuden sin dudarlo las Cigüeñas Negras en busca de paz y tranquilidad. 
Varios Cuervos, Buitres Leonados y un Milano Real vuelan sobre nosotros mientras descendemos por el angosto cañón, que prácticamente no cuenta con sendero alguno. Mirlos y Zorzales salen de las zarzas sorprendidos por nuestra repentina presencia, se nota que no están habituados a la presencia de humanos por aquí. 
Entre sauces, enebros, escaramujos, zarzas y espinos, un magnífico ejemplar de Acebo (Ilex aquifolium) resiste el embiste del Cambio Climático y sobrevive como un heredero de una estirpe que poco a poco se va agotando en el Sistema Central. 
En cuanto las aguas cristalinas del Tobar se funden con el Aceña, subimos por la ladera hacia la Cuerda de Majalasvacas, desde donde contemplamos una magnífica panorámica de la lejana Sierra de Gredos.  
Cruzamos el Pinarejo y subimos aguas arriba por el arroyo del Hornillo, para asomarnos por una de las cumbres del Puerto de Malagón.
Imposible no detenerse unos instantes para contemplar la extensa panorámica, desde donde se observa a una ciudad de Madrid sumida bajo un manto de contaminación.
Bajo una de las faldas del Monte Abantos, preside el gran mausoleo que levantó Felipe II en el siglo XVI: El Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Descendemos por una ladera de fuerte pendiente hacia la Fresneda de Los Llanillos, lugar donde se conservan las antiguas terrazas del vivero forestal que sirvió para reforestar el Monte Abantos a finales del siglo XIX.
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jueves, 9 de noviembre de 2017

Los Colores del Otoño (Pinar de Abantos, San Lorenzo de El Escorial, Madrid).

En el otoño los días son más cortos y el aire es más fresco; hay quienes odian esta estación porque anuncia la inminente llegada del invierno, pero lo cierto es que, en estos días, zambullirse en el interior de los bosques de otoño es todo un regalo para nuestros sentidos.
Y eso lo saben muy bien quienes nos acompañan hoy, atraídos por la fiesta de colores inverosímiles que ofrece el Hayedo del Monte Abantos, una verbena de luz y color fugaz pero intensa, que invita a recrearse con ella. 
Hoy nos acompañan David (Villaviciosa de Odón), que viene con sus padres Baltasar y Agustina; Maite y Carlos (San Lorenzo de El Escorial), Jorge (El Escorial) y un grupo de amigos procedente de Madrid: Víctor, Yago, Santi, Gregorio, Arturo, Susana, Naroa y Maite. 
El fuerte viento y el aire frío no nos ha permitido disfrutar de nuestros amigos los Rabilargos, pero un Corzo se cruzó por nuestro camino mientras nos acercábamos a las primeras hayas.
Además de dar a conocer la historia de este pinar, que se remonta al año 1891, cuando se iniciaron los trabajos de la reforestación del Monte Abantos, les mostramos a nuestro grupo algunas de las especies más representativas de este bosque, como son el Pino Resinero o Negral, el Pino Silvestre, el Pino Laricio, el Abeto Pinsapo (procedente de los pinsapares andaluces), el Alerce Europeo, el Fresno, el Roble Melojo... y, por supuesto, las hayas. 
De entre todos los árboles que viran sus hojas del verde a los amarillos y ocres como heraldos del invierno, las hayas pueden ser consideradas con toda razón las reinas indiscutibles.
Lástima que tan noble árbol no sea hoy tan abundante como antaño. En la actualidad, las hayas apenas cubren 300.000 hectáreas en la Península Ibérica, repartidas entre los grandes bosques atlánticos de la Cordillera Cantábrica, Pirineos, y los pequeños bosquecillos de los Sistemas Central e Ibérico.
Durante la reforestación histórica del Monte Abantos se plantaron unas 40 ó 50 hayas, pero hoy vemos cómo su población va en aumento, con nuevos ejemplares que van surgiendo de forma natural.
  
En tiempos de Felipe II el Monte Abantos albergaba una gran variedad de ecosistemas con una fabulosa riqueza cinegética, codiciada por los reyes a lo largo de la historia: Ciervos, corzos, jabalíes, lobos, linces... incluso osos.
El Alerce Europeo (Larix decidua) es la única corífera que existe con la hoja caduca. Tarda un poquito más que las hayas en cambiar su color, de modo que la combinación de colores en esta zona del Monte Abantos es, durante estos días, muy agradable para la vista.
La regeneración natural del bosque de Abantos va por buen camino, pero últimamente se está enfrentando a no pocas dificultades: Prolongadas sequías, degradación de los maltrechos suelos por la acción de las bicicletas y motos, excesivo tránsito de senderistas, elevada presión cinegética...
Es necesario poner el marcha cuanto antes las medidas contempladas en el Proyecto de Ordenación aprobado en el 2016, para reducir las agresiones ambientales que está sufriendo este fabuloso bosque, que ha tardado más de un siglo en recuperar un cierto equilibrio